lunes

77.

Hace un tiempo que te echo de menos.

Siempre digo lo mismo,
mis palabras son iguales cada noche
cada vez que un pensamiento se estrella contra la almohada
y la empapa entera.

Y odio todo lo que rodea tu disfraz
cuando vuelvo a casa a oscuras
y ruego a las farolas
que me lleven de vuelta a mi hogar
y esas luces de mierda me llevan a casa
y nunca me señalan tu risa.

Y me ahogo en primaveras que me recuerdan a tus ojos,
con la misma simetría
el mismo color a viernes
y los mismos gritos desesperados
y llenos de vida.

Estoy cansado de este egoísmo,
de este insomnio que me obliga a recordarte también de noche,
de no saber hacer otra cosa que escribir(te) amargo.
De que el color de tu camisa ya no sea el de mis palabras,
de que en el vaho de tu aliento ya no escribas nuestros nombres,
de que los charcos ya no reflejen la tristeza de las nubes,
porque están muy ocupados no siendo nada
ni de nadie.

Y escribo a alguien que para mí aún no existe
Algunos lo llaman locura
y otros soledad
y otros ni lo llaman
porque están tan cuerdos
como para no hacer nada de lo que se arrepientan después,
como si fuera la primera vez que abren un libro
o la mente
o las piernas.

O quizá todos tengan razón
y yo esté muy loco
o ellos muy solos.

76.

Es lunes.
Septiembre ha llegado
y tú te has marchado,
dejándome vacío,
aunque ni siquiera has estado
y nunca te he tenido.
Es lunes.
El frío ha llegado
y tú te has marchado,
aunque cala más tu ausencia
que esta humedad desgarradora
que se mete en tu cuerpo
y apenas te deja espacio para respirar.
Aunque no sé si es septiembre
o es tu recuerdo
lo que me hace
ti
ri
tar.

75.

Me pueden las despedidas.
Las manos huesudas.
Las espaldas de hombre.
Los fuegos artificiales.
Las caricias en la nuca.
Los besos en los muslos.
Las ojeras marcadas.
El sabor a caramelo.
Los ojos color marrón eternidad.
El olor de las velas encendidas.
El tic-tac de los relojes ansiosos
por cumplir una hora más
como si no tuvieran suficiente con 24 al día.
Pero sobre todo
lo que más me gusta
es oírte susurrar mi nombre
muy despacito
casi como rogando que te haga feliz.
Aunque ya no sea capaz.

domingo

74. La agonía de encontrarte.

Acorralados mis versos
entre las cuatro paredes de tu desorden,
gritando en rebeldía,
dejándose la voz por la libertad,
así como un día me la dejé yo entre tus piernas.
La poesía me tenía que salvar del mundo,
pero ya ni Benedetti me ayuda.
La cerveza se está acabando
y tengo miedo de que la tinta de mis venas se seque
y no pueda escribir(te) más.
Ojalá nunca supieras de lo que hablo;
ojalá no entendieras nunca mi locura.
Ojalá te dieras cuenta
de que la canción desesperada la llevo en mi interior,
y que veinte son los poemas de amor
que tú recitas en mis pesadillas,
con tu voz cortada
y tu puño en alto,
susurrando despacito
que de esta no salimos.

Y es que aún no te he visto sonreír y ya sé que dueles,
que tu sabor se parece a la primavera.
Tú, que narcotizas mi mente,
la posees
y juegas con mis labios a tu antojo.
Aún no te he visto llorar y ya sé que dueles,
que tu olor se parece a la agonía del llanto.
Aún no te he visto marchitar,
y ya sé que sería capaz de cualquier cosa
por ver asomar esos colmillos aquí a mi lado.
Aún no he visto tu magia,
y ya reconozco que me aterra tu ausencia
pero le tengo pánico a tenerte.

73.

Mis manos,
ancladas a tu recuerdo
sin haberte recordado,
echan de menos tu cuello
sin haberlo acariciado.
Esas ojeras
se ven demasiado lejanas,
apenas llega mi voz
al rincón de tu desesperanza
cuando grito con la voz apagada.

jueves

72.

De pronto,
me entraron unas ganas inmensas de devorarte.
Deshacer las sábanas con tu vida,
deshacer tu vida en las sábanas;
qué más da,
si de una manera u otra
jamás nos podríamos recomponer.
De quedarme a vivir
en la oquedad de tu clavícula,
pasear cada amanecer por los rescoldos
de tu paraíso interior,
estudiar la divina proporción
en tu cuerpo,
tomando de referencia la distancia
entre tus dedos pulgar y meñique,
entre tu cadera y el suelo,
entre tu rodilla y el cielo.
Ser la chispa que desata el fuego,
destruir tus esquemas,
tus ideales,
arañarte cada pedacito de tu ser interior,
acomodarme en ti,
justo ahí,
en uno de esos lunares de tu cuello.
Pensé que sería una buena idea
eso de dejarse caer en la tentación,
sacar los pies por fuera del tiesto por una vez,
sucumbir a tu pecado.
En las madrugadas
todas esas locuras se ven muy bonitas;
la putada es que la realidad y la luna
nunca han sido muy amigas.
Por eso siempre he pensado
que lo más sensato es vivir con las persianas bajadas.
Y a la mierda con la realidad.

71.

La incertidumbre de las calles vacías 
me aterra tanto como el erotismo 
de las sábanas mojadas 
de sexo y de vida. 
El guiño y la presión 
de las agujas del reloj, 
tu sonrisa 
tatuada a fuego en mi piel, 
el aleteo de tus pestañas, 
capaz de desembocar aquí adentro 
una agitación 
mayor que el más fuerte de los seísmos. 
Me aterran las cortinas abiertas, 
el cajón sin tu ropa 
y el obsceno marchitar de tu primavera. 
La distancia que hay entre tu cadera y mis manos, 
entre tu cuello y mi lengua, 
entre tu boca y mi pecho. 

Es injusta la vida sin ti; 
es injusta la humedad de la lluvia 
si no hace crecer tus flores; 
es injusto el reiterado eco de aquí adentro, 
cansado de temblar mi corazón, 
echando en falta tu presencia 
y sintiendo tu vacante 
a la izquierda del pecho.

martes

70.

Más de mil veces pensé 
-o más bien no pensé- 
en llamarte 
cuando iba con unas copas de más. 
Tan fácil parecía devolverte a mis pesadillas, 
tan fácil me resultaba regresar a tu desorden, 
mi amor... 
Después, 
a la mañana siguiente 
siempre pensaba lo mismo; 
la soledad y el silencio son cosas maravillosas, 
cosas que cuando una persona respira a tu lado 
no puedes apreciar. 

Resultaba bonito verte despertar 
y dejarte amar, 
era mágico verte caer rendida al ocaso 
y espectacular 
cada vez que tu mano se encontraba con mi mano 
y luego ya no nos encontrábamos. 

Pero ahora las puestas de sol 
son peculiares vistas desde esta perspectiva, 
las idas y venidas de las mareas 
consiguen que la vida parezca insignificante, 
el vaho de la ducha 
me impide ver más allá de mi propio reflejo 
y la rutina de esa mesa del bar que soliamos compartir 
ahora está decorada con botellas de martini y vodka. 

Y todo eso 
me incita a pensar que siempre hay una nueva vida. 
Que cuando el sol se marcha 
llega la noche; 
que después de una ola que rompe en las rocas 
siempre llega una segunda, 
y una tercera; 
que el vaho del cristal 
siempre se evapora y se ve la realidad; 
y que lo que antes era nuestra parcela de felicidad 
ahora es la de montones de personas 
que van a derrochar su vida frente a una botella. 
Que lo que antes era negro 
ahora puede ser de un blanco inmaculado 
y que lo mismo que hace un par de otoños me aterraba 
ahora puede volverme loco. 
Que esto es un juego de aventuras 
al que nosotros no elegimos jugar, 
que ya desde que entramos estamos heridos de muerte, 
como una partida de póquer 
donde a veces puedes ganar 
y otras perderlo todo 
por una mala jugada del azar. 
Que nosotros somos simples peones, 
nos tocará jugar miles de partidas 
donde no elegiremos nuestro destino 
y apreciaremos la suerte 
en su máximo esplendor. 

Por eso yo 
prefiero jugar mi partida
a dejarme derrotar.

69.

Querida musa:
Con todo lo que hemos tenido que pasar para llegar a lo más alto, mi amor, y míranos hoy dónde estamos. Más fuertes que nunca, a por todas, a la mierda con la suerte. Siempre lo tuvimos claro aunque siempre lo mirábamos borroso. Las metáforas, símiles, comparaciones y demás ya se me quedan pequeños; se me agotan las maneras de expresar lo que siento, lo que no siento, y lo que quiero sentir. Han sido demasiadas noches en vela para este corazón ciego de penas, que se queda sin ideas y sin lemas que escupir a la sociedad en general y a los que no me entienden (que no son pocos) en particular. Ni en prosa, verso, sin métrica, rima ni cadencia, ni en cienmil años podría siquiera parecerme a ti, querida musa, que te llevas todos mis méritos y mis ganas de matar y morir en tu honor, mis horas de lucidez y mis momentos de humildad como si fueras poseedora de cada pedacito de mí. Aunque en parte lo seas.
Con estos versos inútiles que ni siquiera tienen ritmo maltrato al folio cada madrugada, mientras la ciudad duerme, como si tuviera la culpa de mis calvarios y mis cobardías y estuviera obligado a escucharme; aunque sea el único que lo hace sin pedirme nada a cambio.
Con este hambre insaciable de cambios y tranquilidad, que son dos conceptos aparentemente opuestos pero sorprendentemente factibles a la par, cada día me pregunto si de verdad todo esto merece la pena, si me sirve de algo o si al menos me siento mejor. Y, tras mis incontables noches de insomnio, he sacado una única conclusión relevante: si hicieramos todo lo que hacemos por algún fin en concreto, nuestra vida sería una mierda.
Y no me hagáis mucho caso, que yo hace tiempo que esto de vivir lo hago a mi manera.

jueves

68.

Y me quedé mirándola, 
igual que un niño 
mira un dulce en un escaparate. 
La miré durante mucho tiempo 
y de muchas maneras distintas: 
la observé de lejos, 
la analicé de cerca, 
la imaginaba de día 
y la soñaba por las noches. 
Me perdía en sus hoyuelos; 
casi cabía todo mi mundo en ellos. 
Un mundo que poco a poco se desplomaba, 
como cuando empieza a llover, 
como cuando te enamoras. 
Primero despacio, 
pero muy deprisa al final, 
casi como enloqueciendo. 
Como cada vez que me perdía en su iris 
y ya no era capaz de encontrarme. 
O como cuando me hacía la dormida 
y me quedaba mirando a escondidas 
el lunar que tenía en la mejilla, 
y sentía que el muro se derribaba, 
y que me hacía feliz. 
Y que luego no era capaz de deshacerme. 
O como cuando aún sentía sus colmillos 
en la clavícula y notaba la agonía del placer 
en su máximo esplendor, 
y notaba cómo las cadenas me arrastraban 
hasta el fondo del abismo, 
perdida y sin escapatoria, 
perdida y sin rumbo. 
El delicioso deseo de querer ahogarse al fondo del precipicio, 
donde solo hay rocas y agua helada, 
aún a sabiendas de que no hay escapatoria, 
de que ya desde que entras estás atado de por vida.